Como cada mañana, se levantó y se miró en el espejo. Hacía tiempo que no veía reflejada una sonrisa y comenzaba a preocuparse.
De un tiempo a esta parte, la imagen que le devolvía el espejo, no se parecía en nada a aquella persona alegre y simpática que siempre había sido. Es verdad que los años pasan, y las experiencias nos van marcando con arrugas en nuestra cara, el paso del tiempo y el dolor vivido. Sin embargo, él sabía que no era esa la razón de su tristeza...
Preparó la cafetera y se quedó absorto mirando como caía la lluvia a través de´la ventana de la cocina.
Durante unos segundos se dejó llevar por los recuerdos de la infancia en su pueblo, por aquellas sensaciones irrepetibles de los juegos en la calle, la risa de sus hermanos, y la bondad de sus vecinos. No podría olvidar jamás aquellas cenas durante los meses de invierno, en las que toda la familia se sentaba alrededor de una estufa y esperaban ansiosos aquellos increíbles platos que preparaba su madre.
Recordó también sus primeros años de colegio con aquellos maestros que tenían auténtica vocación por la enseñanza, sus compañeros de clase, y las primeras escaramuzas en los recreos para ir donde estaban las niñas.
Luego vendría el viaje a Madrid, los años en la Universidad y el distanciamiento lógico pero doloroso de todos aquellos recuerdos, sensaciones y olores de su pueblo.
Mientras sonaba la cafetera anunciando que ya estaba el café preparado, agitó con fuerza su cabeza de un lado a otro. como si de esa manera pudiera desprenderse de todos aquellos recuerdos.
Fue un intento en vano, ya que por mucho que agitara su cabeza, esos recuerdos no se irían jamás.
Cogió su taza de café y fue a sentarse en el salón para hacer lo mismo de todas las mañanas, abrir su portátil y ojear los periódicos con la esperanza de encontrar alguna noticia diferente a la crisis, las manifestaciones, la pobreza, y los desastres naturales; un día más, su esperanza moría a los pocos minutos, no encontraba ninguna noticia alentadora.
imagen de: m.forocoches.com
El siguiente paso una vez vistos los periódicos también era inevitable, pensar en el trabajo que le esperaba y aquellas noticias también por desgracia poco alentadoras sobre la situación en su empresa; llevaba más de diez años trabajando en ella, en el departamento de RRHH, y si bien es cierto que nunca fue fácil llevar ese departamento, en los últimos años, se había convertido en un auténtico infierno, pues su única misión se había reducido a despedir, a calcular indemnizaciones y a lidiar con las denuncias por despido improcedente.
No lo quería reconocer pero estaba cansado de todo aquello. Salir de casa todos los días con la careta de falso triunfador, hacer el mismo camino, llegar a la oficina, ver a sus compañeros mirándole con recelo porque ninguno sabía quien iba a ser el siguiente en ser despedido, sentir la presión de sus jefes pidiéndole más despidos porque el dinero no llegaba, y encontrarse su mesa llena de demandas de ex-trabajadores.
Ese día, capeó el temporal como pudo, pero sentía desde que se había levantado algo dentro de él que le impulsaba a reconocer por primera vez su derrota.
El camino de vuelta a su casa fue una auténtica lucha entre su realidad (que no le satisfacía) y la ilusión de comenzar algo nuevo y totalmente diferente.
Llegó a casa, se duchó, y sin encender ni la televisión, ni el ordenador por primera vez en muchos años, se dejó caer en la cama, y se dejó llevar de nuevo por los recuerdos de su infancia y su pueblo; pero esta vez no agitó la cabeza para deshacerse de ellos, sino que cerró los ojos y revivió y disfrutó aquellos recuerdos y aquellos años hasta que se quedó dormido.
A la mañana siguiente volvió a mirarse al espejo como todos los días, y se quedó sorprendido por lo que veía. En esta ocasión el espejo le devolvía una sonrisa, la misma sonrisa con la que se había quedado dormido la noche anterior.
Sabía que había llegado el momento, sentía la necesidad de quitarse la careta de falso triunfador, y explicar a todo el mundo la decisión que había tomado.
No quiso abrir el portátil, ni tenía interés el leer ni escuchar las mismas noticias agobiantes de todos los días. Hoy era el día, hoy iba a dar su salto al vacío sin red para intentar recuperar su vida.
Llegó a la oficina, saludó a sus compañeros y enfiló sin perder el tiempo el despacho de sus jefes.
-Buenos días dijo, vengo a presentar mi renuncia como responsable del departamento de RRHH, es decir, vengo a despedirme a mi mismo, que por otra parte ya era hora, puntualizó.Su jefes le miraron con indiferencia como hacían con casi todo, y le preguntaron:
-¿Porqué? ¿algún problema?
-Problema ninguno, contestó él; ahora ya no hay ningún problema, los he tenido durante los diez años que llevo en esta empresa, pero ustedes jamás han querido saberlo y ya es tarde para explicarlo; además dudo de que lo entendieran, les dijo sonriendo al tiempo que abandonaba el despacho....
Salió de la oficina, se metió en el coche y puso rumbo hacía su pueblo. Había tomado la decisión de devolver a los vecinos de su pueblo la felicidad que ellos le habían dado de pequeño; había decidido crear una consultora y asesorar a las personas del pueblo que lo necesitaran en materia de legislación laboral y contratos de trabajo; no sabía si le iría bien o mal, pero era el momento de emprender.
Era el momento de aceptar su derrota y de convertir la derrota en una victoria.

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